Aime Franco ha sufrido problemas en el tobillo durante toda su vida. Cuando estaba en segundo de primaria, sufrió una fractura. Su tobillo siguió siendo crónicamente inestable, lo que le provocó numerosas distensiones y esguinces en los años siguientes.

En febrero de 2007, Aime sufrió un esguince grave de tobillo. Por aquel entonces, estaba embarazada de su segundo hijo. «Me dijeron que tendría que operarme», recuerda. «Me lo había torcido demasiadas veces y había comprometido la funcionalidad y la estabilidad de la articulación del tobillo».

En diciembre de ese año, Aime se sometió a una intervención de cirugía reconstructiva para estabilizar su tobillo. Se le tensaron los ligamentos laterales y los tendones. El cirujano también le alargó el músculo gastrocnemio —un músculo de la pantorrilla que va desde el tobillo hasta el talón— para ayudar a evitar que el tobillo se torciera. La intervención fue un éxito; Aime por fin se libró del dolor y la inestabilidad.

Aime pudo participar con confianza en las actividades que siempre le habían encantado. Hacía excursiones y paseos con su familia. Pasaba tiempo al aire libre y empezó a correr con regularidad. Aime se fijó un objetivo: completar una maratón antes de cumplir los 40 años.

Durante una sesión de entrenamiento en 2013, Aime se volvió a romper el tobillo. A diferencia del dolor que había sentido anteriormente, el dolor de esta lesión se localizaba en la parte interior del tobillo. Aime tuvo que llevar una bota ortopédica durante diez semanas y se sometió a dos meses de fisioterapia. «Incluso después de la fisioterapia, nunca pude volver al nivel en el que estaba antes de la lesión, y seguía sintiendo dolor crónico al realizar cualquier actividad», afirma.

La calidad de vida de Aime se estaba deteriorando rápidamente. Sufría dolores constantes y había ganado peso debido a la inactividad. Tras consultar a dos especialistas, una resonancia magnética reveló que tenía un hueso navicular accesorio en el tobillo. Este crecimiento óseo adicional cerca del tobillo es poco frecuente y requiere cirugía si llega a causar síntomas. «Probamos con inyecciones de esteroides para aliviar la inflamación alrededor del hueso, pero esto no redujo el dolor y, finalmente, decidimos que la cirugía era la mejor opción», afirma.

La decisión de someterse a otra intervención quirúrgica fue difícil para Aime. Sabía que supondría una pérdida de independencia y que, durante al menos tres meses, no podría ayudar a cuidar de sus hijos ni desplazarse por sí misma. Finalmente, decidió que la posibilidad de recuperar su estilo de vida activo merecía la pena a pesar del contratiempo temporal y, en enero de 2014, se sometió a una intervención para extirpar el navicular accesorio y limpiar el tobillo para eliminar los restos óseos. Además, a Aime se le practicó una intervención de Kidner modificada, que consistió en separar el tendón tibial posterior del hueso y volver a fijarlo a los huesos del arco del pie.

Aime todavía se está recuperando de la operación. Aún no tiene autorización para realizar actividades y todavía no ha empezado la fisioterapia. Sin embargo, su cirujano prevé que tiene un 85 % de posibilidades de recuperarse por completo y que podrá volver a correr y montar en bicicleta. «Sigo teniendo la intención de correr esa maratón antes de cumplir los 40 años, y haré todo lo que pueda con la fisioterapia para recuperar toda la fuerza que estoy perdiendo tras esta última operación».

Aime, licenciada en medicina deportiva y entrenamiento deportivo, ha aprendido a adaptarse a sus puntos débiles y fuertes. Nunca ha dejado que la laxitud de su tobillo le frenara; siempre se ha esforzado al máximo para asegurarse de que estuviera lo más fuerte posible. Sabe que aún le esperan muchos retos en el camino hacia la recuperación, pero está dispuesta a afrontarlos con determinación.